Luigi Maráez: Crónicas De Guerra

 

(Hijo del trueno, vivo en permanente guerra, profundamente atrincherado en mi corazón pacífico.)

Luigi Maráez

 

La más nauseabunda falacia heredada es aquella que nos dice que en la guerra hubo vencedores  y vencidos; que unos vivieron la gloria del triunfo y otros el martirio de la derrota.

En la guerra todos perdimos; y no quiero decir con ello que el caído no sufriera aún más el acoso, la negra y pesada bota sobre el rostro y el escarnio de una feroz persecución hasta el exterminio. Me temo que el hombre acecha al hombre sea cual sea la cara del espejo donde se refleje su rostro más terrible.

En las arenas del tiempo, donde enterramos las verdades y desenterramos espectros configurados a nuestro antojo, resucitamos muertos que, como títeres, mueven sus mudas bocas mientras otros maniquean los hilos e impostan la voz cuyo discurso es sólo la medida de una torpeza disfrazada en el odio y el rencor.

En el obligado tópico, diré que niño fui de una herencia de posguerra ya tardía, donde en una larga saga de familia esparcida por las tierras de España, unos y otros «cayeron» sin más razón que la de estar al norte o al sur, a la izquierda o la derecha de un mapa.

Recuerdo cómo mi socrático padre, maestro de escuela, personificación de la bondad misma, estando en su labor en un pueblecito de la región valenciana, sintió en su corazón la necesidad de saber de su anciana madre, anclada en tierras de Jaén, en el otro bando. Solo, con ese ángel que siempre tuvo y con aquella labia que como buen andaluz el cielo le dio en gracia, se las arregló para cruzar la ficticia frontera sin visado alguno mientras un pelotón de fusilamiento seguía sus pasos y se libraba del paredón escasamente por minutos (ya que había sido declarado desertor). El más bondadoso cordero ya tenía su lobo ejecutor.

Jamás oí de sus labios una queja contra nadie; siempre detestó la violencia, lo injusto. Vivió una larga vida educativa, según sus reglas, sin tan siquiera poner exámenes, o si lo hizo, obligado por un sistema donde su número más bajo en la calificación fuera siempre el cinco; pues según su regla, todo el mundo merecía ser premiado por su esfuerzo.

Sin embargo, la estela de la Guerra Civil Española seguía extendiendo su agazapada sombra. Mi madre, huérfana durante el conflicto, no podía olvidar aquel terrible día en que las «huestes» penetraban a golpe de culata de fusil en la casa paterna acusándolos de «señoritos», de amigos de los curas, y de opresores del pueblo. Mi abuelo era zarandeado, golpeado y empujado con violencia por las escaleras de la casa mientras el piano de pequeña cola era arrojado por la ventana hasta caer en el río (imagen, que nunca podría desdibujarse de la amplia frente de mi madre). Pero, paradójicamente, muchos de los mismos que formaban el grupo se interpusieron evitando así su ejecución; pues del «señorito» en cuestión, sólo recordaban su devoción por las gentes sencillas y la imponderable generosidad que siempre tuvo hacia ellos. Permitidme tan sólo contar una anécdota de aquel hombre cuyo único delito fue haber nacido en familia acomodada y ser culto:

Estando en su despacho, pues amén de ser director de la banda de música municipal, compositor, poeta, abogado y otros menesteres, tenía su despacho personal en casa, donde atendía los problemas de aquellos aldeanos que no supieran como resolver sus asuntos burocráticos. Pues bien, mi abuela, mujer monárquica y de puño «apretao» por aquello de los dineros, un buen o mal día entró en su despacho encontrándolo literalmente en paños menores, por lo que ante semejante espectáculo, mi abuelo argumentó que había regalado toda su ropa —incluidos zapatos y reloj de cadena— a un «pobre» que había venido a pedirle ayuda.

Y continuando así… la estela de la historia, he de dibujar el cuadro de ocho niños llorando en la plaza frente a la iglesia: ante la enorme hoguera de un órgano destrozado, santos, cruces, confesionarios y reclinatorios; donde sirvieran, además, de fulgurante mecha, las cientos de partituras y composiciones musicales de mi insigne antepasado; quien aún libre de las balas, no tardó en morir de tristeza por esos mundos de Dios a la edad de 42 años.

Y ahora… en cuanto a los poetas, como diría aquella frase evangélica:

«No he venido a traer la paz, sino la guerra, porque he venido a poner discordia entre el hijo y el padre.»

Efectivamente, nada más subversivo que la paz, nada más adolescente y puro que la lucha juvenil por causas perdidas cuando soñábamos cambiar el mundo y derribar el orden establecido.

Cuando el poeta cede a las galas del mundo, agacha la «testuz» para recibir el aro del condecorado; sus palabras son mugidos, balidos de oveja, donde elevan el trono de su éxito sobre los brillantes huesos de ilustres mártires que nunca vieron florecer su fortuna.

Los poetas hemos heredado el testigo de una responsabilidad infinita, nuestra voz ha de ser la voz del desacato y no ya en los entrados, sino en nuestra pequeña vida. Nuestro fusil, la pluma; nuestra palabra, la obra; ésa que se agita en la rebeldía de no pertenecer a nadie, sino sólo y acaso al amor a la verdad y a la belleza.

LÍRICO

Si todo en verdad fuera,
yo me quedaría
con la Lírica.
Sería mi canto tan de verdad cierto
que nada entretendría mi cantar de pájaro.
La muerte sería un misterio de la vida
y la vida un propósito de luz y gozo.

El miedo daría paso a la ventura
de no tener que volver nunca más los ojos
al fantasma del pasado, tejido en memorias
que la carne, por instinto
lleva inscrita en un caudal de sangre.

Llevamos la estirpe de Caín,
nos gusta el drama, y sólo hallamos el gozo
cuando en el aire se masca la tragedia.

Pero yo, yo soy Lírico.
Soy lírico como lo es la tierra,
el cielo y los mares en la vieja Arcadia.

Es hora del despertar,
tiempo ha que debió sonar la hora de los malditos
devorados en su propio fuego.

Poetas: ¡Cantad, cantad la canción de los exilios!
¡Exiliaros del mundo con sus pompas!
¡Regresad a la pureza del canto sin la mácula
de la fe en los partidos, los premios y las orlas!

Pureza, reclamo la pureza de quien aún es mancha,
sucio en la gleba de los años de infancias torturadas
a golpe de miedos y rencores,
de cielos y de infiernos
donde sólo el poder encuentra el engendro
donde hacer perpetuar su miserable forma.

Quitaos ya las botas, las chapas de hojalata
que horadan el pecho de los otros
y disparad la boca con un «no-quiero»
con un «ya-basta» de ser ladrillo sobre el muro,
muro férreo de lamentos.

Decid solamente: Lírico, quiero ser lírico
como Pitágoras, escribir mi Versículo de Oro, ¡Lírico!

  Luigi Maráez

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