Manuel Martínez Forega: Carta a Lola Walquiria

Han pasado veintitrés años, Walquiria. Te llamaba así, o Lola, y siempre lo hacía para mis adentros. Porque, claro, como verdaderamente me gustaba llamarte, y reconocerte, era mamá. Mamá; nunca Madre (como escuchaba a los niños de mi generación llamar a “su” madre). Y tú me decías que era un préstamo francés, que “mamá” era un préstamo francés. A mí Francia me quedaba muy lejos entonces, pese a que algunas veces me describías la Tour Eiffel, incluso me la mostrabas en alguna fotografía. Yo te llamaba Walquiria, o Lola, cuando me encerraba en mi habitación en esos momentos en que te empeñabas en hablarme en alemán, o en valenciano, cada mañana, frente a la taza de café caliente y humeante (nunca me alteró el café, y es seguro que se debía a que tú, amantísima del café, lo preparabas en sus dosis justas, una dosis para niños) poco antes de ir al colegio, cada mañana, poco antes de ir al colegio. Yo escapaba a toda prisa y me encerraba en la habitación porque no te reconocía en esas lenguas extrañas; me horrorizaba oírte hablar así; no eras tú. Siempre pensé después en lo imbécil que fui. Pero entonces esas lenguas me parecían monstruosas. Tu castellano, en cambio, era dúctil, armonioso, lleno de palabras muchas veces oscuras cuyo significado me fue revelado con el tiempo, porque nunca reparaste en mi edad para adornarte y embellecerme con el lenguaje. Aquel castellano salía de tu boca como agua tibia arrojada por una pendiente aérea gradual acariciando y posándose en mis pabellones como un bálsamo. Estaba llena de trenes con carbón de Ojos Negros, de puertos, de mares valencianos, de huertas castellonenses, de guerras, de pérdidas, de amores rotos, de incendios, de hospitales de campaña, de soldados heridos en la batalla, de naranjos, de Sorolla y de Blasco Ibáñez, de barracas y paellas, de embajadores, de personalidades (como el doctor Marañón o Alfredo Juderías) de aquellas épocas para mí lejanas, de viajes exóticos con sus nombres todavía más exóticos cuya geografía fui descubriendo más tarde en los Atlas del colegio. Jamás te dije que fui buscando esos nombres que me citabas y que ese afán me educó haciéndome un experto en la toponimia mundial.

Tu tragedia la comprendí muchos años después. La guerra, la guerra siempre. Primero, aquel cónsul alemán de Valencia (Wolfgang Böll), llamado a capítulo por Hitler en febrero de 1936 y fusilado a la postre. Wolfgang, intuyendo el peligro de aquella consulta que lo llevó hasta su país, dejó a su familia en Valencia. Su hijo Wolfi, pintor precoz y pianista, pasó a ser tu protegido en casa de los Böll, donde serviste como enfermera. Guardo la acuarela que Wolfgang Böll hijo pintó para ti y que me cediste. La conservo en su marco original; representa un castillo, probablemente alemán, con torres redondas cubiertas y un patio cuadrado, con un foso frontal. Aquella muerte de Wolfgang te conmocionó, mamá; me lo decías siempre, aunque todavía no te habías enfrentado a la más terrible. Nunca me dijiste su nombre y nunca me dijiste por qué (tampoco yo lo pregunté, quizá no queriendo que su sola cita despertara en ti el eco inefable de una memoria tan dulce como acorralada por la tragedia): tu primer marido, capitán del ejército rojo de Valencia, murió en el frente el mismo día que Lorca, al calor de la tarde, un 18 de agosto de 1936. Te habías casado con él en junio de ese mismo año. Vi la fotografía, ataviado con su gorra de capitán, con tres estrellas de seis puntas. De un tajo la dicha cayó en la trinchera, mamá, y entonces, más arrebatada que la propia intrahistoria de este país desbordado de levantamientos y asonadas, te fuiste también al frente, entre balas, bombas aéreas y obuses, como enfermera de campaña. ¿Cuánta sangre ajena entre tus manos, mamá? Una de vivos; otra mucha de muertos, de aquellos que todavía no entendían muy bien por qué les había pasado a ellos: a mí, a aquél, a ése; que qué había hecho para que esa bala o esa metralla se la alojara en el pulmón, en el estómago, en la garganta… Ya sin voz los desmembrados, mudos por el horror, o ciegos los enteros, absortos en una luz que se perdió de súbito, pertinaces en su búsqueda inútil. Así me relatabas el pavor de un frente de guerra. Cuando ésta acabó, mamá, todavía tuviste tiempo de rescatar unos libros de la biblioteca republicana de Paterna. En ellos comencé a leer sin orden, pero sí con concierto. Lo recuerdo ahora otra vez (lo he recordado tantas…) y te lo digo aquí, en este poema:

Biblioteca republicana

En aquellos libros no era yo.
Eras tú, la salvadora del fuego,
la enfermera ignífuga
que combatió con su pecho
el lanzallamas del general
de una brigada de espectros.
Luego fui yo enteramente en sus páginas
con el sello de la derrota tonsuradas.
Fuiste tú para mí; guardaste Imán,
Cárceles de mujeres, Safo, Manon Lescaut,
Rojo y negro, El cerco de Maguncia,
Los miserables, Oliver Twist, El contrato social,
El mercado, La miseria de los zapatos,
Marianela, Cleopatra Pérez,
Marinero en tierra…
para el aún no nacido.

 

Manuel Martínez Forega

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