Miguel Ángel Yusta: Malditas Guerras… y Posguerras

Yo, como tantos españoles de mi generación, no viví la guerra civil de mil novecientos treinta y seis, pero sí sufrí las consecuencias de ella: los largos años de una posguerra donde los vencedores impusieron sus condiciones y convirtieron el país en un gigantesco cuartel en el que se vivía, es un decir, a toque de corneta y cartilla de racionamiento.

Pasaban los años y todavía, en las salas de los hospitales, las mantas con olor a pobreza guardaban el sudor de los vencidos, de los jóvenes desmantelados por los largos tiempos de combates y que, ahora, soportaban interminables convalecencias. Eran estancias inhóspitas, con ventanas abiertas ( había que ventilar esos pulmones que destrozaba la tuberculosis) donde el miedo y la decepción calaba los huesos tanto como el frío.

Las mujeres hacían colas interminables para conseguir la ración de alimentos necesaria y tal vez soñaban amaneceres donde no hiciera frío y las provisiones llenaran la bolsa de la compra de algo más que unas legumbres trufadas de gusanos, algo de bacalao seco y una barra de pan negro.

Se llamaban -los llamaron- años de liberación y de victoria, pero debían serlo solamente para aquellos hijos de un dios acomodado que, al parecer, cuidaba exclusivamente de quienes habían disparado en su nombre a sus hermanos. Ahora no eran siempre unas balas las que mataban, sino el hambre, el odio y la venganza. A veces también morían las almas, anquilosadas y mudas en unos cuerpos que sobrevivían azotados por la derrota.

Algunos niños de posguerra desgranábamos el tiempo más precioso jugando con pelotas o muñecas de trapo que antes habían sido ropas de domingo. Tal vez no nos dábamos cuenta de la realidad porque en nuestro mundo, como en el de todos los niños de las guerras y posguerras, había padres y hermanos mayores que, en silencio, cuidaban de que no nos salpicase el dolor.

Guerras, perversas guerras, donde se ganan medallas y se pierde la dignidad. Guerras donde aumenta la cuenta de los traficantes de armas y el dolor de los débiles, posguerras llenas de amargura, frío y soledad: sed malditas para siempre.

 

Miguel Ángel Yusta

 

Miguel Ángel Yusta Pérez (Zaragoza 1944 ) poeta y escritor, tiene una larga trayectoria ligada a la literatura y los medios de comunicación. Es columnista del diario “Heraldo de Aragón” desde 1970. Sus más recientes trabajos son los poemarios:

Luces y sombras, fotopoemas, con fotografías de C. Moncín (Gobierno de Aragón, 1999)
Peregrino de ausencias (Unaluna, 2006).
Teoría de luz (Unaluna, 2007), con prólogo de Manuel Vilas.
Reloj de arena (Unaluna, 2008), prólogo de Rosendo Tello.
Senderos de amor y olvido (Unaluna, 2008), prólogo de J.Verón Gormaz.
Ayer fue sombra (Aqua, 2010. Primer Premio del Concurso de Poesía de la D. del Gobierno de Aragón).
Cancionero de coplas aragonesas (Olifante, Papeles de Trasmoz, 2011), prólogo de J.L.Melero.
El camino de tu nombre (Quadrivium 2011) con prólogo de J.L.Gracia Mosteo
También las recopilaciones:
Rincón de coplas (Unaluna 2006) con prólogo de J. Barreiro
Artículos indefinidos (Ed. Bubok, 2010), prólogo de Ricardo Vázquez-Prada.

Tiene recogida su obra en diversas antologías y poemarios colectivos así como, entre otras, en las revistas literarias Criaturas Saturnianas, Barataria, Imán y Álora y publica frecuentemente artículos relacionados con el folckore aragonés y con la copla, con cuya autoría ha obtenido numerosos premios.

Pertenece actualmente a la Junta Directiva de la Asociación Aragonesa de Escritores y es director adjunto de la revista literaria Imán.

I

Sobre aquél país viejo
anclado en el pasado y la ignorancia
cayó el dolor,
la tragedia,
el miedo.
En el viejo país
las madres lamían las heridas
de los hijos hambrientos.
Como perros,
como mártires.
La tierra zarandeó la alegría
y abatió las risas de los niños.
Ahora,
nosotros,
anclados en la frontera equivocada
miramos preocupados
nuestras miserables cuentas corrientes.
Esta es la brecha
donde pereceremos sin remedio.

II

Desde mi habitación
en el hotel Port Morgan
contemplo las gargantas y el terror.
En la otra orilla se derrite el miedo,
se combate por un trozo de pan.
Aquí estoy seguro
contemplando la noche serena
tras el espanto.
En esta orilla,
amigos míos,
estamos a salvo.
Ya pasará el peligro y el gemido
y volveremos a pensar, seguro,
en que no hay razones para la preocupación.
Mañana escribiré otra crónica.
Ahora tengo demasiado calor.

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

Report from the Besieged City/Informe sobre la ciudad sitiada/گزارش شهر محصور/ Správa z obliehaného mesta © 2017 All Rights Reserved