Jana Bodnárová: Desde la Memoria de un Cuerpo Sitiado

Nací en Europa Central justo unos años después de la Segunda Guerra Mundial. Ambas guerras mundiales, en cualquier caso, parecían haber entrado en mis genes: la primera a través de los campos de batalla por los cuales mi abuelo fue arrastrado; la segunda a través de los angustiosos recuerdos de su hijo – mi padre – un soldado con alma de poeta. Sus cuerpos sobrevivieron, pero parte de ellos mismos fue destrozada por minas invisibles (así es como trabajan los demonios, después de todo). Sus vidas difíciles, como iconos de tristeza, se grabaron en mi cuerpo, mi cerebro y mi lenguaje de los sentimientos.

Pero no fue suficiente para los belicistas del mundo que Hiroshima llevara a la humanidad a comenzar a verse a sí misma desde dentro de un submarino nuclear. Yo tenía sólo cuatro o cinco años cuando mi madre organizó una colecta de ropas para los niños afectados por la guerra en Korea. A pesar de mis lágrimas calientes, ella metió en la caja mi suéter de angora favorito, que yo había amado tanto presionando en mi mejilla. Muchos años después vi un documental en televisión en el que una mujer koreana recordaba la guerra. Hablaba sobre ataques aéreos, bombas, explosiones y fuego, y sobre como, con su madre, había permanecido enterrada bajo las ruinas de su casa con uno de sus ojos colgando de su cráneo infantil. Y todo lo que su paralizada e indefensa madre pudo hacer fue decirle a la niña cómo rasgarse el ojo por sí misma… Me dolía el cuerpo de escucharla, como si estuviéramos unidas por un cordón umbilical, yo tenía la misma edad que ella; tal vez fue ella quien recibió mi suéter de lana suave en el que los aromas de nuestros cuerpos se habían abrazado y fusionado. Pocas cosas son tan intensamente fuertes como la memoria de un niño y el cuerpo de la mujer.

Vietnam invadió el susurro enamorado de mis años de adolescencia. El terrible napalm… Más tarde, ya mujer adulta, quise ver en el rostro de mi hijo adolescente – ecos de los rasgos de mi abuelo y mi padre. La guerra del Golfo estalló… Mi niño creció, y rió como una campana… y la danza macabra de otros, las llamadas guerras “locales” habían comenzado (como si estas guerras no entraran en nuestras mentes y almas, también – nosotros, compañeros pasajeros en el submarino): guerras en Bosnia, Afganistán, Iraq, Libia… dejando tras de sí países devastados y esqueletos vivientes, mentes en caos, lenguajes en caos, sentimientos en caos…

Si está amenazado por un ataque militar, no hay país lo suficientemente lejano de nosotros, ni está nuestro lenguaje a distancia suficiente para resistir el contagio del lenguaje de los belicistas: aquellos que mórbidamente quieren girar alrededor de (fabricados) “ejes del mal” y mostrar su brutal poderío militar y científico fuera de lugar (¡los terribles aviones no tripulados!).

Imagino varias niñas iraníes recitando a uno de sus amados poetas, los versos de Rumi sonando en la tarde de Teherán y cambiando el tictac del reloj por un estado de atemporalidad pacífica impregnado por el lenguaje universal de la compasión. ¡Yo digo no a la guerra en Irán! “¡No en mi nombre!” Y que esto tenga eco en todos los idiomas del mundo.

 

Jana Bodnárová

Jana Bodnárová, escritoria e historiadora de arte eslovaca, nació en 1950 en Jakubovany. Estudió Historia del Arte en la Universidad Comenius de Bratislava. Desde comienzos de los 90 se dedica exclusivamente a su actividad literaria. Además de novelas, poesía, libros infantiles, programas de radio y guiones de televisión, ha producido y presentado performances en vídeo y producciones escénicas de teatro experimental. Vive en Prešov.

Las pequeñas cerilleras

A Hans Christian Andersen le asustaba ser enterrado vivo. Junto a su mesilla de noche había una nota que decía:
No estoy muerto. Sólo parece que lo estoy.

¿de qué os asustáis vosotras, pequeñas cerilleras, con vuestros pañuelos mal atados a la cabeza?
creadas de roca y arena. niñas del desierto. de las ciudades petroleras. niñas sin
agua ni oportunidades en la vida. niñas de pegajosa publicidad en pedazos. no contáis
estrellas en la noche. en su lugar, contáis las máquinas divinas de gente del otro
lado del mundo. destellos de luz como en los sueños de los profetas… sirenas…
casas derrumbándose… pequeñas cerilleras transformadas en hombres con
revólveres y cuchillos.

alguien ha dejado de leeros un cuento de buenas noches. aquel sobre un pequeño
ciervo con cuernos de oro que alegremente se volvió un niño otra vez. esa
historia es para niñas pequeñas muy diferentes – para muñequitas de ojos azules,
pues vosotras estáis caminando, siguiendo, a través de las dunas, las voces de vuestros perdidos padres,
hermanos, maridos, los gemidos guturales de vuestros hijos no nacidos.

Hoohoooooh, cantáis el nombre de vuestro dios y suena como el viento, como Rumi,
el hombre oscuro vestido de blanco, escribió, giró en su eje… giró… hasta que se salió por el
borde del mundo.
casi como vosotras, pequeñas cerilleras, con la previsión de ser enterradas vivas.

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