Clara Janés: A Propósito de la Guerra

A finales del siglo xv, el gran boceto en bronce del caballo en homenaje a Fracisco Sforza, realizado por Leonardo da Vinci, era fundido por las tropas francesas para hacer cañones. El mismo Leonardo, a propósito del caballo y de las continuas interrupciones en su trabajo a las que le sometía Ludovico el Moro, acaso presintiendo algo, le había escrito: “haz lo que te parezca, que cada cosa tiene su muerte”. Ni la idea de una obra de arte transformada materialmente en arma, ni la de el empleo directo de la obra –digamos un poema- como elemento de lucha, apareció en mi mente en mis primeros años y, sin embargo, vi la luz en 1940 en el seno de una familia de artistas, y giraban en torno a mí incesantemente conversaciones sobre la guerra.

Desde que nací, y antes de tener conciencia de ello, supe de los bombardeos, las denuncias, los asesinatos a traición, y del empleo de excusas políticas para venganzas personales. Desde que nací oí hablar de la falta de alimentos, del pan negro, de la escasez de azúcar, de las caminatas de horas a pie llevadas a cabo por mis tías –corriendo todo tipo de riesgos- para traer a casa, desde un pueblo, frutas y verduras, sin saber si lograrían regresar. Desde que nací oí hablar de las situaciones de emergencia, de los campos de concentración, del exilio y de que mi padre había sido encarcelado y condenado por uno y otro bando y que, siendo un hombre de cultura, tenía amigos en ambos lados y estos lo liberaron. Desde que nací, pues, unida al la barbarie humana y la peor crueldad, me llegó ese concepto de una amistad a toda prueba que indicaba que en el hombre se daba una faceta salvadora.

Cuando empecé a tomar conciencia de algunas cosas, quizá alrededor de mi primer año, se fue dibujando en mi mente la realidad del dolor. Aquello a lo que aún no podía dar nombre, la vida, pero intuía lúcidamente, era dolor donde también era posible una amistad victoriosa ante los peores obstáculos, que en mi mente se configuraba como una forma de compasión. La incipiente línea a seguir, que se esbozaba en mí, se parecía, como consecuencia, a una voluntad de aplacar el dolor del otro.

Había, sin embargo, otras cosas que también fueron pasando a mi mente desde que nací, así la música, la alegría de unos jóvenes bailando, un fascinante rayo de luz que entraba por la ventana y se descomponía en infinitos puntos…

¿Cómo se compaginaba esto con los relatos de los bombardeos y las traiciones? Del mal y el bien, y su convivencia contradictoria, oí hablar igualmente en los primeros días, y acaso estos fueron los dos conceptos, que se constituyeron, para mi, en sustrato donde lo demás crecía. Poco a poco, aquella línea a seguir se afianzaba, marcada, desde luego, por la compasión, la misericordia.

Rosa Chacel, con su brutal lucidez, escribió: “¿Dónde está el mal?… Hay que reconocer que probablemente está en la libertad. No hay por qué asustarse: si el mal está en algún sitio, sólo en la libertad puede estar.” Rosa Chacel perteneció a una generación, la del 27, llena de optimismo y de fe. Ella creía firmemente en la voluntad humana, aunque creía con la misma fuerza, en los avances de la ciencia. Pero fue Einstein el que afirmó: “La voluntad humana no es libre [...] todo está determinado por fuerzas sobre las que no tenemos control”. Esta fue también mi intuición desde la infancia, una intuición a la que no eran ajenas aquellas conversaciones oídas antes de que se despertara mi conciencia. Hoy me lo confirma, entre otros, Erwin Schrödinger cuando escribe: “La vida es valiosa en sí. «Respetad la vida» así formuló Albert Schweitzer el mandamiento fundamental de la Etica. La Naturaleza no reverencia la vida. La Naturaleza trata a la vida como si fuese la cosa menos valiosa del mundo. Parte de la diversidad millonaria producida se aniquila rápidamente en forma de presa para alimentar otra vida. Este es precisamente el método maestro para producir formas de vida siempre nuevas. «¡No torturarás, no inflingirás penas!» La Naturaleza ignora este mandamiento. Sus criaturas dependen de la atrocidad de una contienda eterna.”

Mirar cara a cara esta verdad me impulsa a rechazar la existencia en la tierra, pero algo me retiene, acaso lo que expresa Valdimír Holan en su poema “A los enemigos”:

Ya estoy harto de vuestra bajeza, y si no me he matado
es sólo porque no me he dado la vida
y porque amo a alguien todavía…

 

Clara Janés

1 comment on this postSubmit yours
  1. Ha dicho la lúcida y hermosa Clara.

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

Report from the Besieged City/Informe sobre la ciudad sitiada/گزارش شهر محصور/ Správa z obliehaného mesta © 2017 All Rights Reserved